Cómo conocí la diabetes: Mi debut.

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María Rodríguez
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Para los que no lo sepáis, servidora está diagnosticada con diabetes tipo 1 desde hace casi 4 años. Cuando se diagnostica diabetes a una persona se habla de debut diabético.

Según la RAE, la palabra debut significa:

"Primera actuación o aparición en público o ante un público determinado." Mi diabetes apareció el 18 de Diciembre de 2015. Y os voy a contar cómo fue todo.

Llevaba unos meses bastante cansada, agotada y con pocas energías. Siempre estaba ojerosa y pensaba que era por el estrés o el día a día. Junto a esta situación, en casa, empezaban a reírse de mí por mi nula capacidad para contener el pis - ¡Me hacía pis siempre! - y la sed era insoportable. Mi madre tuvo que comprar botellas pequeñas de agua que bebía cada 5 minutos y me las llevaba a todas partes.

Mis hábitos no cambiaron, a pesar de que me encontraba mal. Seguía con mis rutinas, con las terapias de mi hijo, etc. Seguía haciendo todo lo que hacía, y hago, normalmente. Con un extra añadido: mi marido estaba  fuera por motivos profesionales en esos momentos y me encargaba de todo sin él, y aunque todo resultaba mucho más difícil, tenía la gran ayuda de mis padres.

Sin darme cuenta, estaba súper delgada, y aquellos pantalones que tenía olvidados en el armario volvieron a mis piernas. Perdí muchísimo peso sin darme cuenta, y eso que comía más que nunca. Tenía hambre y sed constantes. Más lo segundo que lo primero, la verdad.

Con el paso de los días, los síntomas empezaron a cambiar. Notaba que mi pis tenía mucha espuma, más tarde sabría el porqué, y empezaron los vómitos. Día sí, y día también, vomitaba y todo el mundo lo achacaba a un virus que rondaba por la zona. En la farmacia, incluso, llegaron a comentar a mis padres que todo el mundo estaba así. No sé a ciencia cierta qué pasaba, pero te aseguro que no hubo un virus de diabetes en Huelva.

Cuando ya no podía levantarme de la cama, y mis pasos solo eran para ir al baño, mis padres decidieron olvidar remedios caseros y consejos de farmacia y pedir cita al médico. Mi madre se quedó en casa para llevar al niño al colegio. Mi padre me acompañó al centro de salud. Caminamos a pasos lentos y tuvo que sujetarme en algún momento. Me costaba muchísimo andar, mis ojeras eran de mapache y la sensación de malestar era una experiencia nueva y desagradable para mí.

Llegamos a la consulta, no pude explicarle nada al doctor, amigo de la familia, solo le comenté que me encontraba mal y puse mi cabeza encima de su mesa. Mi padre, a su forma, empezó a explicarle mis síntomas, todo lo que me ocurría, y decidió inyectarme Primperán en vena.

Esperamos a la enfermera para que me pusiera el tratamiento en una sala del centro de salud, dónde me tumbaron en una camilla. Apenas podía sentarme. Los labios empezaron a agrietarse, la sed era insoportable y la misma enfermera que me puso el tratamiento me tomó la glucemia. Me pidió un dedo, sonó un pinchazo y colocó una gota de sangre en una máquina llamada glucómetro que ahora es mi mejor amiga.

Alarmada le enseñó el resultado a una compañera, y volvió para pregúntame:

- ¿Eres diabética?
- No - respondí.

Y fue corriendo a buscar al doctor. Cuando llegó, nos comentó que había llamado a una ambulancia, que teníamos que salir para el hospital y que era un debut diabético. La cifra del glucómetro fue el detonante. Tenía 433 de azúcar y estaba sufriendo una cetoacidosis diabética.

La cetoacidosis diabética es una complicación grave de la diabetes que ocurre cuando el organismo produce niveles elevados de unos ácidos presentes en la sangre denominados cuerpos cetónicos y aparecen cuando el organismo no produce suficiente insulina. Si no se trata, los riesgos son muy, muy graves, se puede perder el conocimiento y pasar a un estado de coma diabético. Existen casos en los que se ha producido el fallecimiento de los pacientes afectados.

Volviendo a mi historia, en el centro de salud empezaron a administrarme en vena otra cosa distinta, no recuerdo qué era. Mi padre se puso blanco, tan blanco, que se fue a buscar a mi madre para que ella me acompañara al hospital. No supo responder ni decirme nada. No se lo esperaba. Y menos mal que tomó la decisión de marcharse, porque mi madre fue la mejor enfermera del mundo. Llegó ella y me tranquilizó, estaba bastante nerviosa. Ella hablaba con todo el mundo y no se separó de mí en todo momento.

Cuando nos montamos, por fin, en la ambulancia, caí rendida y cerré los ojos. Me desperté en una cama del hospital, en la sala de observación de urgencias, conectada a una máquina llamada que me administraba insulina. Apenas abrí los ojos durante todo el tiempo que pase allí, solo en alguna ocasión cuando venía mi familia. Vinieron todos mis hermanos y mi marido dejó todo para estar conmigo. En observación no podían quedarse mucho tiempo, ya que había otros pacientes, y pasaban de dos en dos solo unos minutos. En una de esas visitas, escuché a la enfermera como le decía a mis padres que tenía fiebre.

Al cabo de las horas, desperté y me encontraba  muchísimo mejor. Fue el momento de subir a planta y resultó que, cómo había saturación de pacientes, me pusieron en la planta de traumatología. En la habitación había una señora con la cadera rota. Nos hicimos amigas y resultó ser una gran compañía.

Pasé 6 días en el hospital, vi la lotería de Navidad desde allí y salimos con poco margen para preparar la cena de Nochebuena.

En esos días me explicaron un poco mejor que era la diabetes y qué tenía que hacer, aunque viendo ahora todo con perspectiva, no me explicaron absolutamente nada.

Los médicos venían cada día para pesarme y saber la cantidad de cuerpos cetónicos que tenía. De hecho, no me dejaron salir hasta que desaparecieron. Y en la salida me fui con 10 kilos menos, un glucómetro, un montón de  recetas de medicamentos y nada de información sobre lo que tenía que hacer. El médico internista lo único que me dijo fue que tomara pan solo por las mañanas y que en un mes me llegaría una carta con una cita en endocrinología. Las enfermeras sí que me explicaron cómo tenía que pincharme la insulina, síntomas de subidas o bajadas de azúcar y qué hacer ante esos casos.

Me fui a casa sin que nadie me explicara qué era un hidrato de carbono, y lo importante que es para las personas con diabetes el contar las raciones. Nadie me dio pautas sobre alimentación y estuve 3 meses horribles sin ayuda y sin saber lo que tenía que hacer.

Sobre marzo, fuimos al hospital para ver qué pasaba con la cita y, allí mismo, sin esperas, empezaron a cursarme todo. Conocí a Carmen, la Educadora en Diabetes del hospital y gracias a sus maravillosas lecciones aprendí a conocerme de nuevo, a saber qué hacer y a encontrar soluciones para mi día a día.

En la actualidad, mi diabetes y yo nos llevamos bien. No luchamos la una contra la otra, sino que luchamos juntas. Es difícil ser paciente crónico y cuidadora, pero todo puede llevarse. Ahora llevo una bomba de insulina conmigo, en breve tendré mi sistema Dexcom g6, y podré controlar mejor mis hipoglucemias asintomáticas. Para los que no lo sepáis, cuando hablo de hipoglucemias asintomáticas quiero decir que no noto los típicos síntomas cuando mi glucosa está baja. Estoy feliz por poder usar la tecnología dentro de mi tratamiento. Ha mejorado y sé que mejorará mucho mi calidad de vida. Me da mucha más libertad y tengo más conocimiento sobre mi diabetes. Siento que soy yo la que manejo y controlo la situación en todo momento.

A lo largo del día, las personas con diabetes nos enfrentamos a miles de decisiones para llevar un buen control. Es una carga psicológica brutal y cualquier situación, desde la menstruación hasta los periodos de estrés, nos afecta. Llevar una alimentación equilibrada y realizar deporte con frecuencia ayuda, pero no es fácil tener buenos hábitos y pensar en ti cuando tienes que pensar antes en los demás, en mi caso mi hijo. Intento encontrar el equilibrio y las personas de mi alrededor me ayudan. Gracias a los profesionales médicos y sanitarios que me acompañan se que lo voy a lograr.

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