Hablar de lo que nadie habla

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María Rodríguez
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¿Os habéis fijado la cantidad de coletillas protocolarias que nos inculcan desde bien pequeños? Me refiero a esas, que sin ser muy útiles, todos hemos utilizado en algún momento.

Un claro ejemplo, por ejemplo, es la típica frase "Que aproveche". Que aprovechemos (o no) una comida depende de muchas cosas, y esa es mi opinión. Puede depender del metabolismo de cada uno, de la compañía, de si ha ocurrido algun hecho trascendental que haya marcado un momento desagradable o agradable, de Twitter, del Ibex35... En mi caso, depende hasta de mi páncreas (porque soy diabética).

Que aprovechemos una comida depende de mucho, tanto que si lo piensas no tiene sentido alguno hacer semejante afirmación. 

Ahora, por ejemplo, se aproximan fechas "entrañables" y es un tópico muy típico desear felices fiestas... ¡A todos! Da igual que no nos miremos o hablemos a lo largo de todo el año. Hay que desear Feliz Navidad.

La Navidad, digo yo, será feliz para unos, algunos, o muchos, pero también puede que no lo sea para otros. Yo celebro la Navidad, pero respeto inmensamente a esa otra parte que tienen que quieren convivir con esa sensación de felicidad fingida y sonreír, aunque estén completamente rotos por dentro.

Encima, se pueden crear ciertas y graves tensiones, porque si no respondes con la misma alegría y efusividad que la otra parte, puede llegar a convertirse en un grave error protocolario acarreando ciertas tensiones sociales.

Pero...¿Quién mira por aquellos a los que un Feliz Navidad no les hace ser felices? ¿Quién después de algún acontecimiento con cicatriz, como a mí me gusta llamarlos, ha sentido que la Navidad ya no es ni será como antes? ¿Por qué nadie habla de esto si puede hacer verdadero daño?

Y está es la pregunta... ¿Por qué nadie habla? ¿Por qué solemos sacrificar nuestros propios sentimientos para no hacer daño a los demás? ¿Tan poco nos queremos? 

Otro claro ejemplo de este tipo de coletillas sociales se produce en el momento en el que te quedas embarazada. Los enhorabuena, felicidades, no sabes cuánto me alegro, son los tópicos más típicos de estos casos, acompañados de una larga lista de preguntas como: "¿Y de cuánto tiempo estás? ¿Y ya sabes qué es?" Y el remate final: "Bueno, lo importante es que venga sano." 

Durante estos últimos casi cinco meses he escondido a muchas, pero que a muchas personas que estaba embarazada. Y lo digo en pasado, porque estaba embarazada y a pesar de haberlo estado, no he vuelto a ser mamá.

He escondido mi embarazo, primero, porque soy madre diversa y porque ya tengo que dar suficientes explicaciones al mundo, y a la sociedad en general , como para explicarles aún más mi vida a personas que no van a valorarla ni mucho menos a entenderla.

Segundo, porque la incertidumbre durante todo el embarazo ha pesado en mí. El hecho de volver a enfrentarte, otra vez, a una enfermedad poco frecuente siempre acecha, siempre está cerca. ¿Volverá a ocurrir? Y si ocurre, ¿Qué se supone que se espera de mí? ¿Si decidiera tener otro hijo con Síndrome de Joubert la sociedad me seguiría dando la enhorabuena?   Una cosa es suponer lo que es la maternidad, otra muy diferente es suponer que solo existe una manera.

Y tercero, no se lo he comentado a nadie a pesar de que fue una noticia feliz para mi familia porque no quería sentirme juzgada ni condenada por mi elección. He decidido ser madre de la única forma que la medicina me ha ofrecido, con la opción de tener un aborto terapéutico. Un aborto del que nadie habla, del que todo el mundo calla, del que nadie te explica pero que todo el mundo juzga.

"Yo si, yo no... Es muy complicado. Yo te entiendo" son otra serie de respuestas que a pesar de tampoco ayudar, suelen acompañar a estas situaciones.

Las familias diversas que quieran ampliar sus familiares, independientemente de los genes que tengan en casa, solo pueden decidirlos ellos y son solo y exclusivamente ellos, los que tienen derecho a decidir. Como decía Arthur Rubinstein: "No tenemos derecho a juzgar lo que no somos capaces de entender."

Nadie me habló de qué pasa cuando se produce un aborto, ni mucho menos qué pasa después de que te enfrentas a la noticia. Con casi 20 semanas de embarazo he tenido que dar a luz a mi bebé, y lo digo así porque era mío independientemente de los genes con los que viniera, era mío y por el simple hecho de serlo era perfecto para mí. Nadie me habló que ante un aborto tardío tienes que enfrentarte a un parto. Me tuvieron que provocar un parto para dar a luz a un bebé que no iba acabar en mis brazos ¿Por qué nadie me habló de esto?

Conocía los dolores de parto tras mi primer embarazo pero con el tiempo acabé olvidándolos, no eran importantes. Esta vez, todo ha sido muy diferente. Recuerdo a los doctores preguntándome si me encontraba muy incómoda, que si podía aguantar el dolor y les contesté con lágrimas que estaba tan rota por dentro que no sabía qué me dolía más.

El alma se rompe y como siempre digo deja cicatriz. Mi cicatriz es mi marca y por el simple hecho de ser mía, me gusta, pero llega un momento en el que las cicatrices se van superponiendo unas encima de otras y abren nuevas y viejas heridas que creías que habían cicatrizado, pero no, siguen ahí. Siempre están ahí.

Era un niño, y lo intenté. Intenté con todas mis fuerzas ser mamá de nuevo. La medicina no me ofreció otra alternativa y siempre tuve esperanza de que todo pudiera salir de una forma diferente a la primera vez, pero ingenua de mí no pensé de que soy el claro ejemplo de que si algo puede ocurrir, ocurre.

Definitivamente no creo en que haya historias buenas ni malas, sino diferentes. No me arrepiento de nada porque fui valiente, fui incluso valiente cuando más miedo he tenido. Y porque soy mucho más fuerte de que lo que jamás pude imaginar.

Te sentí nacer pero no pude acunarte en mis brazos y por muchos que los doctores hablen de que eras un feto, para mí siempre serás mi bebé.

Un día, con  más calma y con la serenidad que da el tiempo contaré mi historia, esta que comenzó un soleado 3 de agosto de 2016 y terminó un frío 28 de Noviembre. El día que la cuente, la contaré no sólo por mi, sino por todas las madres que están, y estamos cansadas, de que se nos estereotipe nuestramaternidad.

Mi maternidad a pesar de ser diferente es mía, y por el simple hecho de serla, para mí es perfecta, como la cicatriz de la que os he hablado. No se os ocurra nunca juzgar a nadie, y menos a una madre, porque juzgar a una persona no define quién es es ella pero si quién eres tú.

A pesar de todo, todavía me sigo preguntando por qué nadie habla de lo que nadie quiere hablar.

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