La discapacidad no existe

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María Rodríguez
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Me gustaría que te imaginaras una situación. Te encuentras en un hospital con tu hijo o hija en búsqueda de un diagnóstico. Su pediatra te ha comentado que piensa que algo no va bien y te enfrentas a un primer, segundo o tercer ingreso donde sientes que tu mundo se desmorona. Tienes que empezar a pensar en las cosas más simples, como respirar o tomarte cinco minutos para pensar para poder seguir adelante. Imagínate, también, que durante esos momentos tan duros, en el que apenas tienes tiempo para nada, te obliguen a pasar por temas administrativos, rellenar papeles y formularios, ir a distintos especialistas para que te den informes médicos actualizados, pedir informes de empadronamientos a tu ayuntamiento, informes de servicios sociales, desplazarte para registrar esos formularios y un largo y tremendo etcétera. ¿Te parece justo? En mi opinión no lo es, pero es una situación que viven miles de familias cuando comienzan el procedimiento del reconocimiento del grado de discapacidad. 


Cuando empezamos con los trámites de reconocimiento de discapacidad de Farid, estaba tan centrada en los cuidados de mi hijo y desbordada con las idas y venidas al hospital, que no nunca entendí cómo estando en unas circunstancias tan vulnerables, me exigieran enfrentarme a tanta burocracia. De hecho, reconozco que iniciamos el proceso porque me dijeron que era lo que tenía que hacer. En esos momentos era lo que menos me apetecía.

Sin información ni consejos, te presentas ante un organismo que te da una cita para una valoración. En esa carta no te explican quién te va a ver ni qué criterios se tienen en cuenta para el reconocimiento. En esos primeros momentos, la única información que tenia era por otros padres que conocía del hospital. La mayoría de ellos, me contaron que sus hijos tenían reconocido el 33% del grado de discapacidad, lo que les proporcionaba acceso a distintas prestaciones económicas, laborales, fiscales y sociales. Todo en teoría pinta muy bien, pero otra cosa bien distinta es la realidad. 

El día del reconocimiento pasamos por tres despachos. Por el de una psicóloga, un médico y el de una asistente social. Ellos, junto a una serie de normas y documentos de un Decreto, decidirían si Farid tenía o no discapacidad y en qué grado. Ahora, y con el tiempo, pienso en lo injusta que fue esa situación. Todas las miradas iban hacia mi hijo, el que sufría era él, tenia tan solo dos añitos y, para colmo, se le iba a etiquetar con un porcentaje, una marca, una etiqueta, un código de barras. Algo vacío para mí, porque mi hijo no es un número ni siento que ese porcentaje represente nada de él.

Farid nació sin límites, como todas las personas, pero aquellos que no cumplen ciertas etapas en un determinado tiempo se les aparta del sistema, se les etiqueta con la palabra discapacidad y se les pone un porcentaje que solo sirve para comparar y para que el sistema encuentre un argumento para segregar y decidir quienes nacen con más o menos derechos.

De hecho, si todas las personas, independientemente de su diagnóstico, problemas de salud, etc., tuvieran las mismas oportunidades que los demás, no hablaríamos de discapacidad. La palabra discapacidad no existiría, porque todas las personas tendríamos herramientas para enfrentarnos ante tipo de situaciones. 

La discapacidad no existe, es solo una palabra. No podemos tocarla y, en muchos casos, tampoco podemos verla. Según la RAE, la discapacidad es la condición de un discapacitado. Y según ellos, un discapacitado es:

No es por nada, pero según esta definición TODOS, en algún momento de nuestras vidas, vamos a pasar por situaciones que nos impidan realizar ciertas tareas, sean del tipo que sean, entonces...¿todos tenemos discapacidad? Para resolver esta duda, realicé una encuesta en redes sociales, con una participación muy diversa y amplia, llenas de respuestas que me hicieron reflexionar.

El 78% de los participantes respondió que la discapacidad Sí existe y estas fueron algunas de las respuestas. 


Por el contrario, el 22% respondió con un NO. 


Entendí perfectamente que la mayoría respondiera con un sí, ya que es lo que nos han enseñado. Nos han educado en la teoría de que las personas son las responsables de su discapacidad, en vez de hablar de la discapacidad que existe sobre nuestro entorno.

Si todos tuviéramos las respuestas médicas, acceso a tratamiento o medicamentos y se investigara más, las enfermedades raras no existirían. Si todos tuviéramos los mismos derechos, las asociaciones y las organizaciones que luchan por los derechos de los demás, no existirían. Si construyéramos espacios sin barreras arquitectónicas, todos podríamos acceder a cualquier espacio y estar en cualquier parte sin pensar en si es posible. Si los niños contarán con todos los recursos y apoyos educativos en la escuela, no utilizaríamos la palabra discapacidad para apartarles del aula. Si entendiéramos que la diversidad nos enriquece como sociedad, cambiaríamos la mirada hacia las personas que etiquetamos como no normales. Si entendiéramos que no todos aprendemos de la misma forma, que la capacidad no se mide en acciones sino en logros, aunque muchos consideren pequeños, no buscaríamos diferencias sino similitudes.

Seguro que muchos pensaran que no tengo razón, que la discapacidad sí que existe porque hay personas que no pueden hacer ciertas cosas y es cierto. Una persona en silla de ruedas no puede subir un tramo de escaleras, pero es la sociedad quien diseña y construye esas escaleras. ¿De quién es la culpa? ¿Quién realmente tiene la discapacidad? ¿La persona en silla de ruedas o quienes no construyen ciudades pensadas para todos?

Me da igual que hablemos de discapacidad intelectual, sensorial o física. La discapacidad no existe, unos pocos decidieron que existiera. 

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